(Foto: Andy Hayt/NBAE/Getty Images)

Durante las finales de la NBA de 1997, y mientras los Chicago Bulls iban en busca de su quinto anillo, por un momento todo pareció desvanecerse ante la posibilidad de no poder contar con su mejor jugador para el quinto juego de la serie. El partido, que debía disputarse en el estadio de los Jazz, marcó un antes y un después en la historia de ese campeonato.

La serie entre Jazz y Bulls mantenía la paridad esperada desde la previa y llegaban al quinto punto igualados a dos por lado, y el siguiente podía ser una bisagra en el desarrollo de las finales. Pero todo empezó dos días antes, o más precisamente dos noches previas a ese juego, cuando Jordan curiosamente sentía hambre y el room service del hotel ya había cerrado.

Al verse imposibilitado que le suban algún plato para poder calmar ese hambre, se decidió a pedir una pizza. «En esa época no había muchos hoteles en Park City y ya llevábamos unos cuantos días alojados ahí, así que todo el mundo sabía en qué hotel estábamos alojados», explicó Tim Grover, entrenador personal de Jordan, en una entrevista a ESPN años más tarde.

Y agregó: «Cinco tipos vinieron a entregar la pizza y, en cuanto la recogí, les dije a mis compañeros: ‘Tengo un mal presentimiento sobre esto’. De todos los que estábamos en la habitación, (Jordan) fue el único que comió y a las dos de la mañana recibí una llamada en mi habitación».

En ese instante se desencadenó uno de los peores momentos que vivió el 23 de los Bulls en su carrera. Cuando Grover entró a la habitación, vio al escolta acostado en la cama en posición fetal, transpirando y cubierto con las sábanas y frazadas para tratar de dejar de sentir frío, aunque no era suficiente. Llamaron al médico del equipo, quien diagnosticó un virus estomacal y posteriormente el preparador físico del equipo le dijo que no había forma de jugar el siguiente partido.

Resultaba increíble para los Bulls que una pizza podía complicarles el panorama cuando iban por su quinto título en la NBA, pero era cierto. Jordan, su máxima figura, estaba vencido en la cama de su habitación y no parecía que iba a poder levantarse por algunos días ya que volaba de fiebre y su sistema estaba muy debilitado.

Sin embargo, el jueves 11 de junio por la tarde, a pocas horas de iniciar el partido, Jordan se decidió a ir al estadio, vestirse de jugador e intentar ayudar a su equipo a volver a Chicago con la serie 3-2 a su favor. Pero pese a su esfuerzo de estar en la cancha de la mejor manera posible, todo empezó de forma negativa para él y sus compañeros.

Las pocas fuerzas que tenía no lo ayudaron mucho en el inicio y los Jazz tomaron rápidamente la ventaja por 16 puntos promediando el segundo cuarto. Pero al ver a su equipo superado, empezó a tomar más tiros y responsabilidades pese a su condición. Así fue como llegó a 17 puntos en ese parcial, para dejar a los suyos solamente cuatro abajo al descanso largo.

Todo ese gasto de energía provocó que se pase la mayor parte del tercer cuarto sentado en la banca, y eso hizo que el local vuelva a estirar la ventaja cerca de la decena. Phil Jackson lo volvió a mandar a la cancha para los últimos doce minutos y no defraudó, como no podía ser de otra manera.

A falta de un minuto para el cierre llevaba otros 15 tantos en su cuenta personal pero el equipo seguía abajo, 85-84. Con la oportunidad de sumar dos libres, metió el primero pero falló el segundo. Afortunadamente para ellos, Toni Kukoc bajó el rebote y se la volvió a dar a Jordan, quien calmó las aguas y desaceleró el ritmo del juego.

Ubicó a Scottie Pippen y le dio la pelota. Al estar siendo marcado por dos rivales, se la devolvió y, aprovechando que estaba libre, tiró desde atrás de la línea de 6.25 metros para sumar tres y pasar al frente 88-85 faltando 25 segundos.

Un doble de Greg Ostertag para Utah y otro de Luc Longley para Chicago dejó el juego 90-87 a pocos segundos del final. Tras esa anotación de los Bulls se dio una de las imágenes más recordadas en la historia de las finales de la NBA: camino al banco de suplentes por el tiempo fuera pedido por Jerry Sloan, entrenador del Jazz, Jordan se dejó caer en los brazos de Pippen, quien lo ayudó a llegar hasta su silla.

De regreso al juego, con dos décimas para el cierre y tras haber errado un triple que podría haber empatado el marcador, John Stockton lanzó dos libres para intentar dejar el marcador a uno. Falló el primero y sentenció la victoria para los Bulls por 90-88 pese a haber encestado el segundo.

Esa noche los Bulls se llevaron un triunfo clave para conseguir su quinto anillo, el cual consiguieron en el partido siguiente. Esa noche Jordan también fue protagonista importante en el cierre, pero cediendo un poco el protagonismo en una historia que más adelante también les contaremos.

Por ahora, queda en el recuerdo el hecho de que, con 38 grados de temperatura, Michael dejó sus limitaciones de lado para ganar una final en la que anotó 38 puntos, bajó siete rebotes, repartió cinco asistencias, robó tres balones y bloqueó un tiro. Intoxicado o no, si él estaba en la cancha no había manera de pararlo.

Reviví los mejores momentos de ese juego:

Nota: Emiliano Iriondo / Twitter: @emi_iriondo