En el maravilloso mundo de Disney se han contado, se cuentan y se contarán miles de historias atractivas, sorprendentes y con finales felices. En uno de ellos, una joven mujer es asistida por un hada madrina y, de repente, su vestimenta se vuelve brillante y una calabaza se convierte en una bella carroza. Cenicienta y el Príncipe bailan y se enamoran, pero al llegar a las doce, todo vuelve a ser como antes. La joven, al percatarse de que eso iba a pasar, huye dejando a todos sorprendidos. La historia continúa, pero nosotros vamos a lo nuestro.

Para quienes nos gusta el basquet, tanto la NBA como la WNBA son mundos maravillosos. Que ambos mundos mágicos se encuentren parecía ser un oasis en el medio del gigantesco desierto pandémico, y de hecho lo es. Ahora bien, un jugador estelar como Paul George, hizo que el reloj marcara las doce y el carruaje se convierta en calabaza, deshaciendo el encantamiento diciendo: “Subestimé la salud mental. Tenía ansiedad y un poco de depresión. Estando encerrado [en la maravillosa burbuja], simplemente no estaba allí. Lo comprobé”.

La industria del deporte y los fanáticos nos interesamos muchas veces por cómo sale el show, cuantos puntos, asistencias, rebotes y victorias se logran. Pero muchas veces el rendimiento deportivo viene acompañado por otras realidades humanas, tan simples y cotidianas como profundas. Paul George venía en un nivel bajo y el día que obtuvo su mejor performance, decidió contar lo que no se muestra, su padecimiento personal.

La depresión se caracteriza por un estado anímico dominado por altos niveles de tristeza manifestados en desgano, apatía, anhedonia, alteraciones del sueño y del pensamiento. Es síntesis, nada motiva, todo es lo mismo, nada tiene un sentido, nada sale, nada es suficiente, todo cansa y cuesta muchísimo y se cree que nada va a salir bien. En ese túnel oscuro, apelar al voluntarismo tampoco dará buenos resultados; no por incapacidad del sujeto, sino por la ausencia de energía para realizarlo.

Ahora bien, ¿por qué alguien haciendo lo que le gusta, estando en el mejor nivel de su actividad y en el lugar más maravilloso del mundo puede sentirse así? Porque el deportista no es un engranaje de una máquina de producir, sino una persona a la que le pasan las mismas situaciones que a los demás. Y puede ser que se sienta extraño en el mejor lugar del mundo sólo porque no es su lugar, o que haciendo lo que más le gusta y mejor le sale añore estar con los suyos, y así miles de situaciones que, a George como a otros, le pudieron haber ocurrido. Hace poco en 3×3 (lunes a viernes de 9 a 12 por Ucu Web Radio), Nicolás Laprovíttola declaró que a él y a todo el equipo le costó hallarse bien en la burbuja de Valencia. Y que sin que valiera de excusa, eso pudo haber afectado el rendimiento de varios jugadores y equipos. Es que más allá de que sea una manera segura de continuar compitiendo, el costo psicológico de un aislamiento prolongado puede afectar a la persona y, por lo tanto, puede generar disminución en el rendimiento deportivo.

Ahora se puede preguntar, ¿cuánto tiempo soportaríamos convivir con nuestros compañeros de trabajo sintiéndonos bien y rindiendo de manera óptima? Y si bien cada uno respondería de manera única y subjetiva, las posibilidades de sufrirlo y bajar el rendimiento son grandes. Por lo tanto, el abordaje de las situaciones de reinicio y competición en burbuja debe ser integral, apuntando a todo lo existencial del deportista. Pues la adaptación es algo que no debe minimizarse, ya que no es el contexto habitual de competencia ni de vida.

Entonces, ¿qué hacer?, lo primordial es que las organizaciones preparen especialmente al deportista para lo que el mismo Paul George marcó como un error: no subestimar la salud mental. Prepararse no sólo en cuestiones que atañen a lo deportivo sino también a lo existencial, es decir, tener en cuenta que la vida en una burbuja es una excepción temporal. Por lo tanto, del lado de la organización, en primer lugar, habrá que pensar en estrategias vinculares y comunicacionales para que la parte psicológica no estalle, y posteriormente estar atento a las manifestaciones sintomáticas de cada deportista para actuar a tiempo. A su vez, que de lado del deportista será importante estar atento y no subestimar lo que va sintiendo para pedir ayuda profesional a tiempo.

El testimonio de Paul George tiene un gran valor educativo y formativo; la salud mental no es algo menor, sino al contrario, es el sostén de todo lo que se ve. Pues si no se está bien, puede ser que como él mismo dice, se esté en un lugar sin estarlo, y, por ende, no jugar, no disfrutar y no rendir. Es decir, hasta que no pudo poner en palabras su sufrimiento psíquico, su ahogo habrá sido tal que estaba ausente en presencia. No estaba ahí; la ansiedad, el desgano, la apatía le estaban consumiendo sus capacidades para sentir, pensar y ejecutar en la cancha. La lucha no era contra un rival sino consigo mismo, y esto lo estaba agotando. Se percató, pidió ayuda y dio el primer paso; después se verá cómo sigue rendimiento, pero ya es un segundo plano.

Se trata de no subestimar en ningún deporte y en ninguna edad, los malestares y padecimientos psicológicos. Porque aún en la NBA y en Disney, lo humano es lo humano y los encantamientos no duran para siempre. Aunque muchas veces veamos a los deportistas como superhérores, heroínas o princesas de cuento, son humanos. Pues, detrás de los disfraces, superpoderes y encantamientos se hallan ni más ni menos que personas. Es decir, muchas veces, por no decir siempre, detrás de una carroza y un vestido deslumbrante, hay una calabaza y una persona tan común que puede brillar mucho más que cualquier brillante. Incluso detrás del superprofesionalismo y del show de la NBA, siempre está lo humano.

Autor: Lic. Gustavo Mena
Edición: Javier Juárez